miércoles, 4 de enero de 2012
Creo que a veces te asfixiaba de tanto quererte. Me consumía, me quemaba hacerlo. Adoraba la forma en la que me tocabas el pelo, y suspirabas, y me decías que me querías. La forma en la que me arrancabas hasta las bragas, como revoloteabas por debajo de mi ombligo hasta hacer que me retuerza. Odio las despedidas por eso pasara lo que pasara siempre había un -hasta luego- entre los dos. Y te comía a besos -por si acaso- pero cada vez te veía más lejos, y me fui. Me fui por que me perdí y tu no tenias los cojones para encontrarme, por miedo, por falta de amor, por lo que fuera. Dicen que el amor no es egoísta, que se piensa en la felicidad de la otra persona. Pero descubriste que la parte en la que asfixiaba también podía llegar a ser de rabia, de dolor. Ya no había nada, no quedaba nada. Te fuiste. Creí que tu piel no estaba echa para la mía, que era como esos puzzles de mil piezas en los que en teoría todo tiene que encajar, pero no era así. Creaste en mi una nueva persona, ya no era la chica de la que te enamoraste. Era diferente, era fría, calculadora, oscura. Y me querías, claro, pero a ella... también. En ese instante caí y tu volviste, y me susurraste un -nos volveremos a ver- y mi alma quedó encendida por mucho tiempo retumbando en los ecos de lo que fuimos. Pero estás aquí... y tu forma de quererme después de tener un océano de distancia entre los dos es... inmensa como ese mismo océano.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario