miércoles, 4 de enero de 2012

Aún sigo pensando que estoy durmiendo en lo alto de mi cama sin saber si esto es real. Todavía tengo miedo de que un día llegue a despertar y tú te hayas marchado -de nuevo- Quédate. Me oíste gritar desde lo más profundo, y quizá al principio hicimos oídos sordos los dos, una parte de mi no quería que volvieras. Miedo, supongo. Nuestra conexión es algo tan extraño, y tan verdadero a la vez. Que por muchas piernas que pasen por tu cama seguirás deseando las mías como el primer día. Que por muchos corazones que violes en salas de estar, estés completamente loco por cuidar el mío. Que yo confunda su boca con tu boca, que te vea en otros ojos, que te busque entre la gente. Que lo nuestro escapa a las leyes de la química la física y todo lo que sea que se meta por el medio. Sobra ropa, faltan días en los que poder comerte. Sobra hasta la piel. -¡Que alguien me pellizque, esto tiene que ser el sueño más bonito que he llegado a tener!- grité. Y tú te giraste, sonreíste... y que sonrisa por dios. Estaba fundida por tu voz. Tú me tocaste y notaste como mi sangre subía hasta mis mejillas, me besaste y bueno... dicen que las mejores noticias son las que se dan en voz baja. Así que ese día comprendí que no era un sueño. Esa vez no. 

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